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23 OCT
2017

Discurso del Presidente Juncker en la ceremonia de entrega del Premio Princesa de Asturias de la Concordia

Oviedo, 20 de octubre de 2017

Majestades,

Señor Presidente, Mariano,

Autoridades,

Premiados,

Señoras y señores,

Es una gran emoción y alegría para mí el poder estar aquí y recibir el Premio Princesa de Asturias de la Concordia a la Unión Europea. Quiero dar las gracias a la Fundación. Este premio rinde  homenaje a los méritos y a los principios fundamentales de la Unión Europea, méritos y principios que han permitido que Europa sea hoy, en todo el mundo, un símbolo de paz, de democracia y de libertades.

 (Traducción del francés)

Soy como Europa: puedo hacer progresos en español y Europa puede progresar en todas los ámbitos. 

Esta palabra concordia, es una palabra que me evoca muchas cosas. Es un término que hace referencia a la comunión entre los corazones y las mentes.  En este sentido, la palabra concordia refleja exactamente la naturaleza de la construcción europea, ya que la Unión Europea no solamente un asunto de espíritu, sino sobre todo un asunto de corazón.

Esta hermosa ciudad de Oviedo también le habla al corazón y al espíritu.  Se trata de la segunda vez que tengo el honor de visitar esta ciudad, pero esta vez es algo diferente: veo banderas de España en todas partes y es algo bonito. 

Sí, Europa, esta vieja Europa, siempre joven, activa, a veces con cara de preocupación pero a menudo sonriente, nos ha ayudado a dejar atrás las largas y trágicas noches del pasado. 

Es necesario recordar en ocasiones — de hecho, siempre -  que la paz, una paz continental que conocemos después de tantos martirios y desgarros en nuestro continente, no es algo evidente.  El proceso de paz es una conquista de todos los días, y muy frecuentemente, con demasiada frecuencia, olvidamos las vidas rotas, interrumpidas momentáneamente, a veces definitivamente, de la generación de nuestros padres, madres y abuelos. 

En las cárceles, en los campos de concentración, en los campos de batalla, en la miseria absoluta, en la desesperación más integral, nuestros padres y abuelos siempre han mantenido en el fondo de sus corazones este sueño eterno del «nunca más».  

Rechazaron que nuestras generaciones — y es su mérito, no es el nuestro — puedan volver a ver la guerra, la división, las dictaduras, el sálvese quien pueda, el rechazo del otro.  

Con mucha imaginación y una voluntad cada día renovada, quienes nos precedieron han transformado este sueño de postguerra, esta oración de la posguerra - «nunca más una guerra» - en un programa político con consecuencias positivas hasta hoy.  

Frente a la absurda fuerza de las armas opusieron la fuerza del Derecho- la fuerza del Derecho y el mismo Derecho -  que constituye un principio básico de una Unión Europea libremente consentida. La fortaleza de nuestra Unión, su poder, diría incluso, su "poder blando", se basa en el cumplimiento de la norma jurídica.  Es el Estado de derecho quien nos ofrece el espacio que nos protege, que nos permite convivir, que nos permite trabajar juntos, de hecho, que nos permite respirar conjuntamente en una coexistencia armoniosa y en el respeto de nuestras diferencias. 

España, ha conocido todos los sufrimientos que han afectado a los europeos a través del siglo XX.  España es una fuerza motriz de Europa.  Y el lugar de España está y seguirá estando en el corazón de Europa.  Sin España, Europa sería mucho más pobre.  

Don Juan Carlos, el Rey emérito, Su padre, Majestad — ustedes conocen la admiración que tengo a Su padre —quien ha unido su destino a la consolidación de la democracia en España, ha hecho de la integración europea la primera de sus prioridades.  En un mundo cambiante, incierto, imprevisible, Usted, Majestad, mantiene el rumbo y el legado de su padre.  Sus distintas etapas en la Comisión Europea, primero como becario, y a continuación como Rey, muestran su singular compromiso con la causa europea y se lo agradezco.  

Sí, porque nuestro mundo cambia a una velocidad increíble, muy a menudo imparable, sorprendente.  Pese a que las cosas cambian rápidamente, no hay que olvidar lo esencial y recordar siempre que Europa sigue siendo la mejor defensa contra los dramas de nuestro pasado. Europa nos ofrece un hombro en el que apoyarnos.  Y Europa abre grande los brazos para abrazarnos a todos, sin excepción, y ofrecer tranquilidad y serenidad.  

Sí, sé que no todo es perfecto en Europa.  Conocemos sus debilidades y sus lagunas, y sus caídas frecuentes, pero, por otro lado, Europa es capaz de lo mejor, de conseguir los mejores resultados cuando se presenta unida y cuando los europeos caminan codo con codo hacia el mismo horizonte.  

No hay que perder la paciencia.  Hay que saber que Europa necesita paciencia y determinación, la paciencia y la determinación que exigen los largos trayectos y las grandes ambiciones.   

¡Viva España!  Y viva Europa!




OCTUBRE 2017
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